¡Nos leemos en Girasolandia!

Llega octubre y damos por finalizado el verano de 2025 con esa sensación de haber ascendido a una nueva cima donde se vislumbran próximos horizontes.

La cosa es que sucedió hace semanas cuando, desde lo alto de uno de aquellos cerros, tras varias jornadas contemplándolos en nuestras idas y venidas, ambos observamos en silencio aquellos tan dilatados como ondulantes campos amarillos. ¡Eran girasoles! Cientos, miles, quizá millones de girasoles que nos sonreían siempre a nuestro paso y, de alguna manera, nos animaban a continuar con nuestros empeños de seguir mostrando a los lectores nuevas historias. Narrativas muy capaces de sobrepasar realidades.

Eso. Eso mismo era. Ambos nos miramos para coincidir en que aquellas cabecitas amarillas nos animaban a seguir dando forma a relatos que muellemente tienden a disolver los moldes y nos dan la mano para echar a volar. Recordad que los que leen saben hacerlo… Las narrativas infantiles son una muestra de ello. Porque nos animan a soñar con la magia de las varitas mágicas de hadas de los bosques; lamias o iratxos. Como los duendecillos que sobrevuelan nuestros territorios acompañados por alas moradas que, cuando las cosas se complican, echan mano de libros mágicos colmados de sabiduría para resolver conflictos. Malotes que surcan los aires con racimos de uvas voladores, espinas mágicas de peces ancestrales, guijarros que se desplazan tras expandir sus alas de mariposa. Criaturas aberrantes que, armadas con espeluznantes extremidades, dotan de excelsas cualidades a los vinos criados en barricas que dormitan en los calados riojalteños. Soplidos cósmicos que nos impulsan a buscar un tan esquivo como vital elemento, protagonistas anodinos que saltan barreras a fin de hallar los porqués de su anonimato. Inmigrantes que contemplan horizontes marinos para regalar la abundancia a sus congéneres… y gusanos. Porque acaso un insignificante anélido a través de las pantallas halladas en nuestras cabezas continúe diciendo en alta voz, que deshacerse del cuerpo, de la mente y de las redes bien merece la pena. Quizá haya que tomar consciencia del regalo que nos da la vida y ampliar nuestra pantalla central.

Es el presente. Es el ahora. Y es hoy cuando despedimos, tras habernos internado también en los mismos confines de Girasolandia este verano que concluye. Hoy podemos decir alto y claro que hasta estas llamativas flores que siempre anhelan los rayos del sol leyeron en las semanas que ya pasaron. A nosotros nos lo contaron. Lo hicieron con susurros que surgían entre las simpáticas abejas que zumbaban por doquier.

Hoy os decimos gracias. A todos y a todas. A los lectores que dais protagonismo a esta dinámica, a los nuevos autores que llamasteis a las puertas de esta literatura errante y a las nutridas experiencias encontradas en las ciudades y localidades que nos rodean.

Y es hoy cuando se abre una nueva etapa a sabiendas que los proyectos no dejan de crecer. Estamos encantados de saber que este verano, hasta los girasoles han leído. Y recordad, hablamos de literatura. De una literatura que se mueve…

Y lo que sigue, como muchos ya sabéis, lo iremos contando en próximas entradas. Entretanto…

¡Nos leemos?

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