
El pasado sábado comenzamos nuevo curso. ¡Y ya es el 4º! La novela de Luis Landero, «Lluvia fina», publicada en 2019, se convirtió en la primera lectura elegida del club de lectura de Treviana.
Como es habitual en este saludable club de lectura trevianés, el número de asistentes se aproximó a la veintena y allí se sacaron las perspectivas de cada cual tras la lectura. La opinión general fue que se trata de una obra escrita de manera magistral, con personajes desquiciantes que desarrollan una trama ciertamente cargante para el lector. Sin embargo, y ahí reside la maestría del autor, uno no quiere dejar de leer hasta concluir la última de las páginas.
Hubo quien se mostró defraudado por el relato y ese afán del autor de superponer y acumular tipificadas realidades familiares en el texto. Otros disfrutaron de la manera de escribir, de los diálogos matizados con retrospectivas en los cuales Luis Landero no duda en referirse a un tercer protagonista y ampliar así las perspectivas y los tiempos. La dureza de la madre que sufrió una mala infancia afín a su época. Envidias no superadas con el paso de los años entre hermanos y hermanas ante aspectos de diversa índole y significancia -desde el currusco de pan siempre ofrecido al hermano menor, hasta la boda concertada de Sonia, con 14 años, con un supuesto hombre de bien-. Recuerdos enquistados que salen a la luz ante la posibilidad de reunirse en familia en el 80 cumpleaños de la progenitora. Y conversaciones, y relatos y perspectivas propias que van descargándose en Aurora, esposa de Gabriel, hermano pequeño y «mimado» de la familia; también filósofo. Aurora, con ese carácter tan indulgente como hospitalario y protector, va recibiendo, paulatinamente en un principio, el conjunto de estas perspectivas y relatos que se transfiguran en palabras que, como una lluvia fina, van calando en su ánimo.
Hay que decir que en toda la obra no deja de llover. Al menos de esa forma. Y lo hace siempre sobre ella. A fin de cuentas Aurora es la que escucha, la que comprende, la que ofrece su hombro para llorar y suele dar tibias palmadas de ánimo. Su mutismo resulta muy reconfortante para los demás miembros de su familia política.
No obstante, Gabriel se lo menciona en las primeras páginas, antes de contraer matrimonio, a su futura esposa. Uno de los secretos de la felicidad, Aurora, esto es lo que le dice: consiste en aligerar el alma para flotar sobre la vida. Una premisa que lamentablemente se desluce por las que vienen a continuación y dan forma a la narración. Y, si lo pensamos bien, se trata de una verdad muy valiosa. Una verdad que nos proporciona un mecanismo fabuloso para lidiar con las cuestiones de la vida. Aunque de primeras pueda parecer imposible, o al menos muy dificultoso, es preciso utilizar nuestro tiempo para transformarnos en ese filtro que deseche lo superfluo y así quedarnos con lo que realmente dirija nuestras vidas. A fin de cuentas nosotros somos los únicos responsables de nuestra felicidad, porque tenemos que tener muy presente que todos, sin excepción, estamos abocados a ese «silencio inmortal» al que hace referencia el autor.
¿A que es genial que la lectura nos ofrezca este tipo de perspectivas?
La próxima, un clásico: «Cumbres borrascosas» de Emily Brontë.
¡Nos leemos?